De la tolerancia a la frustración al aprendizaje en el proceso

¿A quién le gusta perder? El ser humano es orgulloso por naturaleza. El ansia de superación, así como el reflejo social de los “triunfadores”, hace que nuestro comportamiento vaya encaminado en este sentido. Nos cuesta entender los procesos, porque focalizamos todo sobre los resultados. Estamos en una sociedad que tiene prisa, que no reflexiona sobre sus errores y no se sirve de ellos para crecer.

La derrota es el comienzo de la victoria. 

La frustración es una parte fundamental en los procesos de aprendizaje.
A lo largo de nuestra vida, perdemos muchas más veces de las que ganamos. La imagen que se extrapola de los triunfadores, nos hace admirar personajes invencibles, instalados en la victoria, en el éxito. De alguna manera perdemos la perspectiva de los procesos cuando sólo observamos el resultado. Pero, ¿hemos pensado alguna vez cuántas veces han tenido que perder los ganadores hasta encontrarse con el triunfo?

La importancia del camino por encima de la meta.
El triunfo inmediato y fácil es algo efímero. No perdura en el tiempo. Cuando algo no cuesta un esfuerzo, pierde su valor. Uno de los aspectos que pasan sin atender a ello, es lo que percibimos en este sentido sobre las personas de éxito. A menudo perviven en nuestro recuerdo la trayectoria que presentan a lo largo de los años. Nos sentimos como ellos porque participamos de sus sensaciones y empatizamos con sus fracasos. Cuando triunfan, nos alegramos de sus éxitos, y esa misma empatía es la que hace que los convirtamos en algo personal, que lo sintamos como propio. Piensen ahora en la trayectoria en la liga de un equipo de fútbol. ¿Por qué vivimos con tanta intensidad los éxitos? Muy sencillo. Porque somos conscientes del camino y la trayectoria que el equipo ha llevado hasta ese momento, así como todo el esfuerzo que ha tenido que hacer hasta llegar a la victoria final. A mayor sufrimiento, mayor sensación de éxito y reconocimiento. Lo que se queda en el proceso de admiración a la persona está focalizado en el camino, en la trayectoria que finalmente tendrá un resultado de éxito.

Pero entonces, ¿Es necesario sufrir?
Sin duda, si pasamos por la vida sin sufrir, mejor.  Tenemos que tener en cuenta que el esfuerzo conlleva la mayor parte de las veces un sufrimiento. Cuando somos capaces de visionar los resultados, el sufrimiento disminuye aunque la carga de esfuerzo aumente. Esforzarse es poner algo más, lo mejor de nosotros mismos, sabiendo que esto conllevará renuncia de aquello que nos resulta fácil, atractivo y cómodo. De alguna manera, toma protagonismo el viejo dicho de pasar de hacer lo que nos gusta, a tomar gusto a lo que hacemos. De esa forma aumentaremos el impacto de nuestras acciones y reduciremos la sensación de sobrecarga.

La sobreprotección como base de la intolerancia a la frustración.
Ahora echemos un vistazo a las personas que se encuentran en una situación de sobreprotección. ¿Qué visión tienen sobre la vida? La sobreprotección no es infinita. Sólo dura mientas permanece la persona que sobreprotege. Esto se ve de una manera más clara en edades tempranas. Aquellos niños que no se encuentran bajo una sobreprotección permanente, desarrollan herramientas para sus autonomía de manera más rápida. En este sentido existen enormes diferencias por regiones culturales.
Es importante que la falta de sobreprotección no lleve a una situación de sobrexposición, que es otro de los problemas de algunas sociedades actuales. Tenemos que tener en cuenta las carencias y limitaciones de cada una de las fases que llevan a la persona hasta su madurez, respetarlas y protegerlas.


Hacia una mayor autonomía de la persona.
Y entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Cuál pueden ser los pasos que eviten tendencias extremas?
Aquí van algunas recomendaciones que pueden ayudarnos:
1. Vivir el fracaso como parte del proceso del éxito. Ensayo-error como fórmula para alcanzar nuestros objetivos.
2. Reforzar el proceso frente al resultado. Lo que aprendemos es lo que llevamos en la mochila, y no los triunfos efímeros. La victoria será una “consecuencia de”, y no un fin en sí misma.
3. No resignarnos a la derrota. Si no alcanzamos las metas, es porque el camino no es el adecuado, no porque la meta sea inalcanzable. Revisemos hojas de ruta para alcanzar nuestros objetivos, y rediseñemos sobre los errores cometidos. De esta manera reforzaremos los procesos citados anteriormente. 
4. Acompañar en el proceso, pero dejar que la persona sea la protagonista de su propio cambio. Es nuestra responsabilizar potenciar fases de autonomía y de autogestión de las dificultades. El viejo dicho de no dar peces, sino enseñar a pescar.


El impacto social de la autonomía de la persona.
En la medida en la que los miembros de una sociedad alcanzan un mayor grado de autonomía, las sociedades avanzan en resultados colectivos. La autonomía de la persona puede tener una vinculación directa con el liderazgo en procesos. Esto no es de la noche a la mañana. La autonomía no renuncia a largos periodos de aprendizaje, sino que es consecuencia de los mismos. Es nuestra obligación potenciar la participación en estos procesos.

Las personas somos el reflejo de lo que vivimos y sentimos durante el intenso recorrido de la vida. 


Comentarios

  1. Muy lúcida y clara tu reflexión, Alberto. Coincido en los puntos que expones.
    La aceptación de la pérdida, que tiene muchas dimensiones además del "fracaso" (para llegar a un sitio nuevo hay que "perder" el lugar donde estamos, por ejemplo). La paciencia unida al esfuerzo, la conciencia de la impermanencia... sin que nos falten buenas dosis de amor.
    (La persona que sobreprotege no es infinita, pero sus efectos perjudiciales casi son infinitos).

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