El niño ante la muerte

El niño ante la muerte

Al comenzar a redactar las primeras líneas de esta entrada, me surge la duda del título que debo de poner al mismo, ya que la palabra “muerte” provoca un rechazo en nuestro contexto cultural, a diferencia de lo que ocurre en otros países, en los cuales un amplio abanico de sus festividades celebran de alguna manera la muerte o el contacto con los seres que se han ido. Además, juntar la palabra niño, menor o infancia con muerte, cierra automáticamente todos nuestros canales de recepción como elemento de defensa. Pero ¿qué pasa cuando perdemos a un ser cercano, y tenemos que explicárselo a los niños/as de nuestro entorno?

Para empezar: la muerte no es un tabú...o no debería serlo.

A raíz de los últimos acontecimientos, debido a los efectos de la pandemia del COVID-19, son muchas las familias que han perdido a un ser querido. Una gran mayoría son los abuelos y las abuelas, tan vinculadas en la crianza de los menores en nuestro sistema social actual.  Además, la pérdida inesperada de personas, con las que hace escasamente un mes convivíamos con normalidad, es difícil de digerir tanto para adultos como para menores. Por complicado que sea, que lo es, no podemos dejar de ver que la pérdida de un ser querido es un proceso por el que pasamos en algún momento todos los seres humanos. Pero, ¿qué pasa cuando no tenemos una edad suficiente para comprenderlo?

Enfrentándonos a lo desconocido.

Recuerdo que hace años, alguien me comentó una situación dramática vivida en su familia. Siendo una persona joven, había perdido a su mujer, con un hijo de 5 años. Ante la falta de herramientas para poder afrontar esta situación, decidió acudir a un especialista. Al comentarle al psicólogo que no había sido capaz de contárselo todavía a su hijo, éste fue muy claro: “Sal por esa puerta, vete a casa y dile a tu hijo que mamá se ha puesto muy malita y que ya no va a volver” Me contó como estas palabras fueron un jarro de agua fría: tan directas, ...tal vez no había comprendido el dolor por el que estaba pasando. Pero después continuo contándome: “El psicólogo añadió dos aspectos importantes: Primero, dile que tú vas a estar a su lado y que le vas a proteger. Luego búscale un punto de referencia que le recuerde a su madre, y al que pueda acudir cuando la necesite (una estrella, un muñeco, las páginas de un libro...).”  Y así lo hizo.

Recursos llenos de buenas intenciones, pero cuestionables.

Cada uno reaccionamos de una manera ante la muerte. Por eso, la persona que tiene que comunicar un fallecimiento, lo vive la mayoría de las ocasiones de una manera angustiosa, y más cuando el receptor de la noticia es un menor. Como educador he asistido a escenas de sobreprotección que han podido servir como barrera en un primer momento, pero que han derivado en dificultades sobrevenidas. Por ejemplo, un caso de los que he sido testigo, es vender la ausencia prolongada de la persona, y no definitiva : “La abuela se ha ido a un viaje muy lejos, pero siempre va estar pendiente de lo que tú hagas, porque sabes lo importante que eres para ella”. Consecuencia: Un duelo que no se vive, una espera que no termina...incomprensión absoluta ante la ausencia voluntaria de la persona querida. 

También tenemos que tener en cuenta el desconocimiento de los menores de ciertos lenguajes, que tienen más que ver con la paranormal que con lo antropológico. Ejemplo: “El abuelo está entre nosotros, tú no le puedes ver, pero nos acompaña en este lugar”. Consecuencia: Puede derivar en conductas de temor a la soledad y a la oscuridad, por muy afectuosa que fuera su relación. 
Hay familias que prefieren poner “la directa”, sin paños calientes. Ejemplo: “Tu tía se ha muerto. Mañana es el entierro”. Tal vez tampoco sean formas adecuadas y sin duda serán causantes de un shock emocional. 


¿Y entones cómo?

Una vez más, volveremos a tener en cuenta la madurez de los menores para la comprensión de aquello que a nosotros mismos nos cuesta entender. 

- Para los más pequeños: existe una bibliografía extensa y maravillosa sobre el tema de la pérdida, relatada en forma de cuentos. Una de mis historias favoritas es “El árbol de los recuerdos”, de Britta Teckentrup, Nubeocho Ediciones. Los cuentos deben de leerse en familia, acompañando al niño. Se puede sonreír, porque también caben sonrisas y recuerdos de momentos agradables en el duelo.

- Para los que van creciendo. Ayudar a despedirse, escribiendo una carta o grabando una canción, recitando una poesía. Aquí ya entrarían elementos simbólicos de carga emocional: Una flor que se tira al mar, una palabra grabada en la piedra de aquel lugar donde vivimos tantas cosas juntos,... De nuevo juntos, celebrando la vida y madurando unidos con los recuerdos, que seguro que nos acompañaran posteriormente en algunos de los grandes momentos de la vida.

- Para los más crecidos. Un abrazo que diga “me tienes aquí”, puede ser un buen lugar para vivir un duelo. Y lo más importante: mostrar la vida sin caretas. Nuestra propia vida se forja de todos estos momentos: alegrías y tristezas, enfados y reconciliaciones, triunfos y fracaso, vida y muerte....y todos ellos, sin excepción, forman parte de los que somos y de lo que proyectamos hacia los demás. No podemos entender la vida sin todo ello. 

Vivir es caminar y sentir. Tal vez mejor que en los cuentos...

  










Comentarios

  1. Muy interesante el tema que tratas
    Siempre lo ha sido y en estos tiempos especialmente. Buena reflexión sobre el lenguaje que empleamos con los niños... Para los más crecidos, como tú dices: un abrazo sincero, un mantenerse cerca, un silencio que atiende, una palabra sin presión... son una estupenda medicina. Gracias por compartir.

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