El Miedo como compañero incómodo y necesario

El miedo es un elemento cuya presencia marca de manera constante nuestra existencia. Son numerosos los estudios que existen desde ámbitos como la psicología y la antropología.
El miedo resulta esencial para la supervivencia. Nos mantiene en una situación constante de alerta, haciendo que detectemos peligros y amenazas. Posiblemente el miedo nos ha salvado como civilización y marcado el devenir de los tiempos, desde la Prehistoria hasta nuestros días.

Ese mismo miedo, también  es un elemento transformador. Nos condiciona nuestra evolución, y hace que adaptemos escenarios y situaciones aparentemente adversas. Las fortalezas, castillos, murallas, ...son elementos que se han ido identificando con el concepto del miedo, algunas veces como medida preventiva, pero otras como elemento de resistencia hacia realidades amenazadoras.

Lo efímero de los miedos personales. 
Ahora vayamos de lo colectivo a la individual. Fíjense en sus propios miedos. Algunos permanecen a lo largo de toda su existencia. Pero ¿qué pasa con aquellos que relativizamos o terminamos contextualizando?. Muchos de ellos nacen en una noche para difuminarse por la mañana. Y qué decir de aquellos que sólo viven en la imaginación, evaporándose cuando nos encontramos ante la situación real. ¿No les ha quitado algo muchas veces el sueño? ¿Algo cuyo miedo desaparece con las primeras horas del día?  Los miedos personales son en la mayoría de las ocasiones manejables, pero raramente evitables, ya que forman parte de nuestra esencia, de lo que hemos ido construyendo a través de los años, de nuestra educación, de nuestras creencias, y por lo tanto, de nuestra propia personalidad.  Los contextos en los que nos movemos, no sólo son espacios físicos sino también mentales. Miren el sentido del humor con el que nuestros seres queridos hablan en ocasiones de nuestros miedos, estando ubicados en los mismos espacios y realidades que nosotros mismos. Eso nos deja ver de manera clara las diferentes percepciones sobre una misma realidad.

Manejando nuestros miedos.
Hay miedos de los que no podemos huir. Han hecho un hogar en nuestro subconsciente más profundo . Por eso cobra una especial relevancia la manera en la que nos enfrentamos a ellos.
Estas pueden ser algunas barreras frente a los miedos:

1. Relativizar y contextualizar. Algunos surgen en momentos concretos, por circunstancias específicas. Permanecerán junto a la persona mientras exista una situación. Son fáciles de superar. Sabemos que tienen fecha de caducidad y la forma de vencerlos muchas veces puede ser mediante un cambio del contexto o el  entorno.
2.  Hacerles frente. Muchos de los miedos no aguantan el envite. Se difuminan cuando los miramos cara a cara, fundamentalmente porque los tenemos idealizados. Aquí entraría el famoso “no era para tanto”. En esta ocasión saldremos fortalecidos, porque esta será la base para enfrentarnos con situaciones que tengan un cierto paralelismo.
3. Compartirlo, hablar sobre él, exteriorizar como nos sentimos. Es posible que existan miedos compartidos entre distintas personas. Puede llegarse a búsqueda de soluciones comunes.
$. Desmontar el miedo. Hacer una introspección en nuestra mente, para saber cómo empezó, y por qué logró paralizarnos. Tal vez sólo tengamos que conseguir una modificación en pequeñas actuaciones para lograr un cambio global.
6. Marcarnos pequeñas metas. Hay personas para las que puede ser contraproducente enfrentarse al miedo sin una coraza. Tal vez podamos abordar pequeñas acciones que nos lleven a una solución global. Poco a poco, sin prisas, poniendo nuestros pasos en terreno sólido.

Buscando ventajas al miedo.
El miedo paraliza y nos limita a la hora de actuar de manera coherente con lo que pensamos, pero también nos defiende y nos pone en alerta para poder enfrentarnos a agresiones externas. Se trata de buscar un equilibrio en el que seamos capaces de convertirlo en una herramienta de supervivencia, sin que se produzca simultáneamente una merma de nuestra autonomía. En algunos casos en los que el miedo no supone un trauma, puede derivar en un rasgo marcado de nuestra personalidad. Piensen en aquellas personas que consiguen el triunfo en una faceta, por miedo a no abordar otra distinta. Un proceso de mejora personal mediante la evitación de conductas o situaciones. Tomen el ejemplo de las personas que participan en plataformas vecinales que buscan erradicar la violencia en el barrio, por miedo a ver a sus propios hijos incluidos en ciertos movimientos. Al final se constituye un liderazgo que marca al resto de los participantes. Del miedo a la necesidad, de la necesidad a la transformación.

Algunos miedos se abordan juntos. Los temores de la infancia.
Muchos miedos nacidos en la infancia son absolutamente pasajeros, pero para vencerlos es conveniente acompañar al niño en el proceso de afrontamiento y contextualización. No tratemos de hacerles razonar como adultos. No ha llegado la hora de comprender las cosas de esa manera. Simplemente compartamos con ellos sentimientos y sensaciones. Empaticemos con sus circunstancias. Son nuestros mismos miedos, muchos años antes, tantos que ya hemos conseguido olvidarlos. Pero también estuvieron allí, con la luz apagada de la habitación, detrás de la puerta del trastero, en el antiguo cuarto de invitados. Y no olvidemos el miedo a situaciones escolares, con falta de autonomía para enfrentarse a muchas circunstancias. Todo desaparecerá, pero la forma de tratarlos marcará los rasgos de su personalidad años más tarde.

El miedo es libre. Acampa a sus anchas. Es un elemento poderoso, pero también profundamente transformador. Sepamos identificarlo. Mirémosle de reojo cuando no le tengamos enfrente. Está esperando para abordarnos. Pero no lo olviden: es un enemigo vulnerable. El peor de los miedos del miedo, siempre será la seguridad que tengamos en nosotros mismos. 





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