Es un hecho que la mayoría de las tecnologías que hace unos años ni siquiera imaginábamos instaladas en nuestras vidas, han llegado para quedarse. Utilizamos dispositivos que nos mejoran la calidad de vida y nos ayudan a comunicarnos y a estar en contacto desde cualquier parte del planeta. A veces son para nosotros una herramienta de trabajo, otras un mecanismo de comunicación con nuestro entorno. En ocasiones, estos dispositivos constituyen un porcentaje importante de nuestro ocio. Debemos de tener en cuenta que su acceso no pertenece sólo a una franja de edad dentro de nuestra sociedad, sino que cada uno, acorde a sus capacidades, busca en estos elementos unos objetivos que aparentemente suelen ser distintos, pero que se parecen mucho más en esencia de lo que pensamos. Tanto en mi etapa de educador, como en mi rol de hijo, me he encontrado con personas mayores, ansiosas de saber, de acceder y disfrutar de todo lo que la tecnología les ofrece. Pero existen maneras distintas en el acercamiento que cada uno realizamos a la tecnología, y eso es lo que veremos en esta entrada, en relación con el uso de las ya no tan “nuevas tecnologías”, en referencia a las personas mayores.
Acercándonos al pasado desde el futuro.
Las personas más jóvenes buscamos productos y analizamos la calidad de los mismos. A veces accedemos a herramientas que ofrecen prestaciones muy por encima de nuestras propias necesidades. Miramos la marca. Queremos un producto que no se encuentre obsoleto en el mercado dentro de poco tiempo, y con el que podamos sorprender a nuestros entorno. Por el contrario, esta no es la forma en la que se acercan nuestros mayores a las tecnologías. Tal vez no buscan lo mismo. Viven el presente de una manera intensa, conocedores de la imposible vuelta atrás de los momentos que dejamos de aprovechar. Raramente buscan una nueva prestación para mañana, y además, lo más curioso es que la mayoría intenta reconectar con elementos pasados a partir del potencia que nos ofrecen las tecnologías.
Y entonces, el mundo cambió para siempre.
Pensemos en una generación que se jubiló con máquinas de escribir en la oficina, usando el papel autocopiativo como impresora. Las únicas pantallas que entraron en su vida de manera rápida y para quedarse fueron los televisores. Modelos en blanco y negro, de un volumen destacable, con los que, por arte de magia, podían ver como alunizaba el hombre por primera vez, o como el espectáculo y la cultura se metía en casa sin necesidad de desplazarse a un cine o a un teatro. Y derrepente todo se precipita: automóviles de última gama, aviones supersónicos que atraviesan el Atlántico en un tiempo récord, y sobre todas las cosas, el increíble avance de las telecomunicaciones.
La vida tan lejos y tan cerca.
Ver la foto del nieto que vive en Londres, escuchar su voz en un vídeo, poder verle sonreír o escuchar sus primera palabras a tiempo real. ¿Cómo es posible? No sé si han tenido la oportunidad de ofrecerle alguna vez a una persona mayor por primera vez un teléfono móvil. La reacción de todos es parecida: “a mi no me des eso, que me complicas la vida”. La manifestación abierta del rechazo a lo que no se controla...pero que no se puede dejar de ver de reojo. Lo nuevo asusta, incluso a aquellos que se han tenido que enfrentar a momento tan delicados de nuestra historia, y que tantas veces han forzado cambios sociales, que ahora vivimos como si hubieran estado entre nosotros desde el principio de los tiempos. La resistencia al cambio es una actitud que se repite en la mayoría de las personas. Pero esta vez, con la entrada en el hogar de estas tecnologías, los resultados de la adaptación son evidentes, y además, a diferencia de otras ocasiones, no sólo nos conectan con el futuro, sino que nos ponen ante la puerta del pasado. ¿Se han fijado que es lo que buscan las personas mayores la primera vez que se sientan delante de internet?. La gran mayoría busca términos que conectan directamente con su pasado. Yo recuerdo ver gente mayor repasando la guía telefónica para buscar a personas de su pueblo. Y ahora, derrepente, además pueden ver el pueblo, las fotos de las últimas fiestas patronales, los comentarios de los vecinos, ...magia pura sin movernos de la silla. Sin duda el comienzo de un viaje por los sentidos, los sentimientos y los recuerdos.
Acompañando en el viaje de los recuerdos.
Cuando una persona mayor recuerda, todos viajamos junto a él. Narrar el recuerdo es un acto social. Las tradiciones orales se encuentran en el ADN de nuestra civilización. Historias repetidas que terminan en el carácter de cada una de las personas que escuchan. Así que ¿por qué no juntamos recuerdos con tecnología? ¿Por qué no escribimos la historia juntos? ¿Nos atrevemos a llegar al futuro a través de un viaje por el pasado?
No perdamos más tiempo. Pongámonos a ello cuanto antes.
Y entonces caminamos por lugares que sólo vivían en el recuerdo .
Vamos a construir juntos un recuerdo utilizando nuestros medios al alcance.
1. Escuchamos lo que nos quieren decir nuestros mayores. Relacionamos cada detalle con los medios que tenemos. Veremos cómo podemos llegar hasta esos datos que nos narran, para construir un recuerdo sólido. Un lugar donde refugiarnos y con carga suficiente para construir el relato.
2. Es el momento de tirar de las tecnologías. Tenemos el mundo a nuestro alcance. Busquemos aquellos escenarios, veamos como estaban y como están. Wikipedia, Google Maps, la página web del Ayuntamiento... Dejemos que nuestros mayores cierren los ojos al hablar, y hagamos que los abran para descubrir el nuevo mundo. El viaje es alucinante, y allí estamos nosotros, para viajar de la mano como si el tiempo de nuestra infancia hubiera llegado para quedarse para siempre. Contémosles que esto es sólo el principio de nuestro viaje. Que las posibilidades llegan más allá de sus propios sueños. Tan lejos como vivan sus recuerdos.
3. Tenemos los materiales. Vamos a construir. Que nuestros mayores empiecen a escribir aquellos recuerdos y memorias. Las personas mayores ejercitan sus dedos en un teclado suave y cómodo, que poco recuerda ya a las antiguas máquinas de escribir, y que agradecen sus articulaciones. Ya no hay que repetir la página, ni que borrar con el corrector. Caminamos hacia la magia del texto que se construye para ser perfecto. Y mientras recogemos la narración por escrito, vamos incorporando esos testimonios por vídeollamadas de personas que difícilmente pudieran estar en estos momentos con nosotros.
4. Y rematamos el texto añadiendo esas fotos que dan fe de la historia tantas veces narrada, con un breve pié de página. Maquetamos la página. Ponemos en orden los recuerdos. Esto ya empieza a parecer un libro de memorias.
5. Vamos a imprimirlo. No tratemos de explicar lo virtual, la nube. Se trata de una generación que nació para tenerlo, para tocarlo, para olerlo. Igual que las fotos en la cartera. Díganme si no les encanta cuando una persona mayor saca las fotos de monedero. Tal vez no tengan la mejor resolución, pero esos pequeños trozos de celo que la reconstruyen, hablan sin palabras de los sentimientos por las personas y de la añoranza de otros tiempos.
...y al finalizar, la memoria permanece para siempre.
Las personas no sólo somos el resultado de lo que vivimos, sino además de lo que otros vivieron para nosotros. Tenemos un inmenso tesoro delante de nuestra vista. No lo entierren. Tan sólo guárdenlo para siempre.
No perdamos más tiempo. Pongámonos a ello cuanto antes.
Y entonces caminamos por lugares que sólo vivían en el recuerdo .
Vamos a construir juntos un recuerdo utilizando nuestros medios al alcance.
1. Escuchamos lo que nos quieren decir nuestros mayores. Relacionamos cada detalle con los medios que tenemos. Veremos cómo podemos llegar hasta esos datos que nos narran, para construir un recuerdo sólido. Un lugar donde refugiarnos y con carga suficiente para construir el relato.
2. Es el momento de tirar de las tecnologías. Tenemos el mundo a nuestro alcance. Busquemos aquellos escenarios, veamos como estaban y como están. Wikipedia, Google Maps, la página web del Ayuntamiento... Dejemos que nuestros mayores cierren los ojos al hablar, y hagamos que los abran para descubrir el nuevo mundo. El viaje es alucinante, y allí estamos nosotros, para viajar de la mano como si el tiempo de nuestra infancia hubiera llegado para quedarse para siempre. Contémosles que esto es sólo el principio de nuestro viaje. Que las posibilidades llegan más allá de sus propios sueños. Tan lejos como vivan sus recuerdos.
3. Tenemos los materiales. Vamos a construir. Que nuestros mayores empiecen a escribir aquellos recuerdos y memorias. Las personas mayores ejercitan sus dedos en un teclado suave y cómodo, que poco recuerda ya a las antiguas máquinas de escribir, y que agradecen sus articulaciones. Ya no hay que repetir la página, ni que borrar con el corrector. Caminamos hacia la magia del texto que se construye para ser perfecto. Y mientras recogemos la narración por escrito, vamos incorporando esos testimonios por vídeollamadas de personas que difícilmente pudieran estar en estos momentos con nosotros.
4. Y rematamos el texto añadiendo esas fotos que dan fe de la historia tantas veces narrada, con un breve pié de página. Maquetamos la página. Ponemos en orden los recuerdos. Esto ya empieza a parecer un libro de memorias.
5. Vamos a imprimirlo. No tratemos de explicar lo virtual, la nube. Se trata de una generación que nació para tenerlo, para tocarlo, para olerlo. Igual que las fotos en la cartera. Díganme si no les encanta cuando una persona mayor saca las fotos de monedero. Tal vez no tengan la mejor resolución, pero esos pequeños trozos de celo que la reconstruyen, hablan sin palabras de los sentimientos por las personas y de la añoranza de otros tiempos.
...y al finalizar, la memoria permanece para siempre.
Las personas no sólo somos el resultado de lo que vivimos, sino además de lo que otros vivieron para nosotros. Tenemos un inmenso tesoro delante de nuestra vista. No lo entierren. Tan sólo guárdenlo para siempre.





Gracias Alberto, por tu texto lleno de sensibilidad y reflexión. Muy interesante la propuesta que lanzas para unir tecnología, recuerdos y personas mayores... Además del rechazo individual a las nuevas tecnologías por parte de los mayores, también hay una responsabilidad social general por no haberles atendido más, también en este aspecto de formación, interviniendo en muchos ámbitos: centros de día, aulas de adultos, incluso a través del sistema sanitario y de asistencia social... Por último, mencionar que tendríamos que cuidar el empleo de la palabra "abuelos" para referirnos a ellos. Solo son abuelos de sus nietos (para quien tenga la suerte de tenerlos).
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