Ansiedad. La pérdida de la capacidad para disfrutar del presente

Ansiedad, una de las patologías más extendidas a lo largo de la población mundial, especialmente en los países con un alto nivel de desarrollo. Es evidente que se trata de un tema que debe de ser abordado por los psicólogos y terapeutas expertos en la materia, pero no quería dejar pasar un problema que condiciona muchas de las intervenciones que he realizado como educador a la lo largo de mi carrera profesional. Además, yo mismo, como muchas otras personas de mi entorno, la he sufrido en mayor o menor medida, tanto en el ámbito familiar como el laboral. La ansiedad supone un bloqueo ante situaciones a las que debemos de enfrentarnos, pero también es la antesala de muchos de los miedos que nos acompañan, y a los que de manera inconsciente negamos sin darnos la mínima oportunidad de hacerles frente.

Llora cuando te duela.
Ese bloqueo es la venda antes de la herida. ¿Cuánto tiempo nos pasamos lamentándonos en la vida antes de que las cosas sucedan?. Si fuéramos capaces de cuantificar en horas todo el tiempo que pasamos pensando lo que puede pasar, seríamos conscientes realmente de cuanta vida estamos perdiendo. Y no se trata de que las cosas no vayan a pasar, porque seguramente muchas de ellas son inevitables (la muerte de un ser querido, una situación de crisis de pareja, un bache económico,....), sino de que las “lloremos” cuando realmente pasen. No puedo pensar que me estoy haciendo viejo desde los 50, o que mis vacaciones se van a acabar cuando llevo tres días disfrutándolas. Esto es sólo poner una tirita sin herida.
Evitar ciertas conductas no significa necesariamente movernos dentro del ámbito de la prevención. En anteriores entradas veíamos que el miedo podía ser un elemento de alerta que nos ayudara a mantenernos vivos. La tensión, como todo, es buena si sabes racionalizarla. Sabemos que no lo es cuando nos lleva a situaciones de parálisis, insomnio, temblor, etc. Cada uno sabe los síntomas que esta ansiedad provoca en su propio cuerpo y estado emocional. Prevenir, sí...siempre!. Vivir para prevenir, no. De nuevo apliquemos el sentido común a circunstancias que así lo requieran. 

Saber que pasará, pero también que es normal que suceda.
Hay resultados que son inevitables porque entran dentro de la condición humana, como son la muerte o la enfermedad. Modifican nuestras vidas, nuestro estado de ánimo. Ante ellos nos sentimos derrotados, y notamos como perdemos la fuerza en una batalla imposible de ganar. Estas sensaciones son normales, las tienen todos los seres humanos. A lo largo de mi desempeño profesional, he encontrado personas profundamente bloqueadas por este tema. Lo curioso es que algunas de ellas sólo se enfrentaban a la visión futura, pero no a la vivencia de un presente. Seguro que los psicólogos pueden dar una excelentes pautas en este sentido. Como educador, siempre he canalizado mis acciones enfocadas a la transformación del presente/futuro desde los racional. No hay que negar las evidencias. La muerte existe, ha existido y existirá hasta el fin de los tiempos, así que tenemos que incorporar a nuestra historia todos estos elementos, sin dramatizar, sin bloquearnos, sin generar falsas expectativas. Están ahí, siempre lo van a estar, pero como una parte más, no como un elemento sobre el que tengan que pilotar todas nuestras vivencias. En la medida que incorporemos a nuestra vida todos estos aspectos y les demos su justo sitio, iremos relativizando los mismos. Esto mismo sirve para casi todos los ámbitos que provocan ansiedad. 
Otro tema son los traumas que sobrevienen con estas situaciones No podemos prepararnos para ellos en la mayoría de las ocasiones. Se escapan de nuestro alcance. Si un familiar sufre un accidente de tráfico, vamos a vivir la noticia con impacto emocional brutal. Después tendremos que trabajar el duelo por nuestra cuenta o con la ayuda de un profesional. Pero de nada sirve pasar quince años pensando en un futuro accidente. Incorporemos elementos de prevención y no imaginemos un futuro que no existe y que nos paralice a la hora de tomar decisiones.

La hora del combate.
Algunas pautas que podemos seguir, y que a mi personalmente, me han ayudado durante estos años, son las siguientes:

1. Trabajar el interruptor que llevamos en el cerebro. A determinadas horas, en determinados momentos, ese interruptor debe de estar apagado. Hay momento para disfrutar del silencio, de la soledad, de la compañía, donde no caben proyecciones de futuro ni los tormentos del pasado, sino la increíble suerte de vivir el presente.

2. Planificar sí, obsesionarse no. Tenemos una ruta de cómo debemos de realizar las cosas. Podemos modificarla o adaptarla, pero nuestro plan de vida no es la planificación sino la vivencia. 

3. Saber situarse en cada momento. Identificar el aquí y ahora como la VIDA en mayúsculas. El pasado se queda atrás, y el futuro siempre es incierto. Preparemos el futuro, vamos a ponerlo bonito para que podamos estar más cómodos en él. Pero si pasamos mucho tiempo decidiendo como va a ser, amueblándolo en nuestros pensamientos, nos perderemos la gran aventura de nuestro presente, y cuando nos demos cuenta no será más que pasado. 

4. Huir de los vampiros energéticos. Intentad tomar distancia con las personas que sólo ven escenarios de sufrimiento a medio y largo plazo. Arrastran y contagian. Han venido para sufrir. Raramente son capaces de disfrutar, porque “ya verás mañana...“

5. El pasado siempre está para mejóralo. El exceso de nostalgia potencia nuestra ansiedad hacia el futuro. Los recuerdos son bonitos, nos evocan otros tiempos, pero no deben de ocultarnos toda la mejora que nos espera en el futuro si invertimos bien nuestro presente.

6. Preocuparse de lo que se puede controlar. Si mi padre es mayor y está enfermo, pues es que es mayor y está enfermo. Trabajaré de manera que pueda ofrecer calidad de vida, pero hay cosas que no podré recuperar, porque son así. Esto parece una obviedad pero condiciona el día a día de muchas personas. No es una desgracia tener un hijo enfermo, es una situación. Tendré que abordar aspectos que pueda controlar. No voy a salvarle la vida, pero puedo mejorar su estado de ánimo, su comodidad, potenciar mi afectividad hacia él. Todo ello tiene efectos positivos. No cura, pero mueve energías que cambian la manera de ver nuestro mundo y sobre todo actitudes que tienen un impacto en todo nuestro entorno.

7. Contra la ansiedad, sentido del humor. Demos una vuelta a la situación que nos agobia. Hay cosas que no hacen gracia, pero podemos cambiar nuestra mirada hacia pequeños detalles que nos lo pongan más fácil. Este sentido del humor no tiene que ser compartido. Tampoco exteriorizado hacia los demás. Se trata de una herramienta para la mejora de las emociones internas que nos pueden llevar a situaciones de ansiedad.

8. Todos tenemos cosas que nos hacen disfrutar. Démoslas su espacio. Un futuro trágico no es incompatible con un presente disfrutable. No tenemos que sentirnos mal. Todo lo contrario.

Los miedos son libres. Acampan a sus anchas. Todos llevamos herramientas suficientes en nuestro interior para hacerles frente. Los pensamientos  pierden fuerza al dejarse atrás. Nada de lo que tenemos delante tampoco es tan grande para no poder ser abordado de una manera racional y madura. 

Lo real, lo único indiscutible, es el aquí y ahora. Que no se convierta pronto en pasado por mirar demasiado al futuro. 


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